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El ruido y la furia

El ruido y la furia

Anoche el Art Ensemble of Chicago demostró en Fernán Gómez todas las cualidades que convierten a esta banda en la voz superlativa del jazz contemporáneo


En la apertura anoche de la nueva edición de JAZZMADRID, que se prolongará hasta el próximo 30 de noviembre, visitó el auditorio del teatro Fernán Gómez la nueva formación que ahora integra el mítico Art Ensemble of Chicago. Este grupo, salido de las catacumbas del free jazz, fue fundado hace 51 años por el saxofonista Roscoe Mitchell y, con la excepción de la bajas producidas por Malachi Favors y Lester Bowie, continúa manteniendo la esencia de su formación original.

El programa interpretado estuvo armado con el estreno de los materiales con los que la fonográfica ECM celebra en estos días el 50 cumpleaños de la primera publicación discográfica del grupo: una caja recopilatoria con grabaciones añadidas no editadas hasta el momento del Art Ensemble. De todo ello hubo una muestra, con un continuum compuesto por varias piezas de extenso desarrollo, que, materializando acertadamente la idea de trazar un discurso musical alrededor de asonancias y rebotes acústicos múltiples, supo transmitir en todo momento la exhuberancia tímbrica, la hondura y la tensión, ya habituales en los conciertos del Art Ensemble.

A la cabeza del jazz de vanguardia

No en vano, juntos y por separado, sus componentes están a la cabeza de la comunidad de vecinos más ruidosa y divertida de la mastodóntica urbanización del jazz contemporáneo. Media docena de músicos a los que, muy lejos de habérseles enfriado las ganas puestas en su quehacer, el paso del tiempo pareciera que pone más en evidencia una furia que ni siquiera conocía antecedentes en las anteriores visitas del grupo que quienes esto les contamos somos capaces de recordar ahora.

Una banda inteligente

Venían, cómo no, Roscoe Mitchell en los saxos y en la flauta, Famoudou Don Moye en la batería y en las percusiones, Hugh Ragin en la trompeta, Tomeka Reid en el cello, Jaribu Shahid en el contrabajo, y Dudu Kouyate en el manejo de las percusiones africanas. Un utillaje que apenas encontraba hueco en la enorme escena del Fernán Gómez, y con el que todos –especialmente Moye y Dudu Kouyate en “Folkus”, una composición del primero- alcanzaron el cielo de la singularidad.

La estrella de la reunión

No menos cerca de alcanzarlo también estuvo el trompetista Hugh Ragin, cuyo soplo más de una vez ha sido excusa para que la tinta de muchos críticos se haya derramado relatando sus sólidas invenciones para David Murray o Peter Kowald. Fue, sin embargo, Roscoe Mitchell, como tantas otras veces, el núcleo de las atenciones de todos los asistentes.

Mitchell es un intérprete sublime que, con el garabato parsimonioso que su cuerpo todavía describe, avanza siempre la calidad de su fraseo. Un músico que encuentra su personalidad explorando las sonoridades menos evidentes de su saxo, y para ello no duda en soplar en falso, fuera del micro, desgañitarse o culebrear entre la arboladura sonora que aportan sus compañeros de escena. Un concierto histórico.

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