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Experimentos y conquistas

Experimentos y conquistas

JAZZMADRID recibió anoche en el Fernán Gómez, al cuarteto Infinity de David Murray, con un invitado especial: el cantante Saul Williams.


Dos caras diferentes del jazz más actual se presentaron conjuntamente anoche en la sala Guirau del teatro Fernán Gómez. Saúl Williams pudo sorprender con su canto ahormado por la poesía negra contemporánea, pero David Murray sedujo con el saxo tenor y el clarinete bajo, como en cada actuación que se le ha podido ver siempre en Madrid.

Una leyenda del jazz

Murray forma parte de la historia del jazz desde su titularidad en el espectáculo “The saxophone man”, obra escrita por Stanley Crouch en 1974, y, desde entonces ha puesto su sensibilidad y su saxo al servicio de la música de avanzada. Con este proyecto conjunto con Saul Williams parece querer crear un espacio similar -al menos, estéticamente- al que, hace algunos años, frecuentaron los Metrics y la Mystic Rhythm Society, ambas bandas de Steve Coleman. Y es tanta la voluntad de sonido de grupo ahora, que Murray alienta continuamente a sus músicos para que se lancen a parlotear en solitario. Nadie, no obstante, como él para proporcionar cohesión a la elocuente oratoria resultante con sus intervenciones de estrella, sus intercambios instrumentales y una rúbrica inmediatamente reconocible.

En el Infinity hay viejos conocidos como el contrabajista Jaribu Shahid o el baterista Eric McPherson, ambos curtidos en muchos lances con Murray y, aun, con una pléyade de estrellas como Andrew Hill, Roscoe Mitchell, Lucian Ball, Jackie McLean o Avishai Cohen, presente por cierto en el cartel de esta edición de JAZZMADRID. Y, con ellos, un pianista inquieto e imprevisible en sus lances, con el que el discurso de Saul Williams y David Murray es implacable.

David Murray y Saul Williams

Música poco previsible

No es sencillo, de hecho, acomodar su escucha al terreno de lo previsible, tal como sí es posible hacerlo en el disco. El verbo, sobre todo, de Saul es volátil, inquieto, da la sensación de que careciese de gravedad. como si flotase. Y sus socios de hazaña marchan por sus fueros en un ejercicio de autonomía y creatividad permanentes, aunque tengan, por supuesto, que seguir pautas muy precisas para que no se les escape la intención ideológica de la reunión. Esta está quintaesenciada en cuestiones de raza, género, cultura e incluso economía en los Estados Unidos de nuestros días.

Eric McPhersons y Jaribu Shahid son los marcapasos rítmicos y trabajan agazapados, pero imparables, precisos y ocurrentes, demostrando grandes dosis de disciplina. Con todo, insistimos, David Murray fue, como siempre, el rey de la fiesta. Solista imbatible cuando se trata de inspiración, dejó tan clara su contestación melódica como las estimulantes inclinaciones líricas que servían de respaldo al canto y a los ejercicios de spoken word de Saul. A menudo nos mostró la increíblemente amplia paleta de colores que sabe producir con su saxo. Fue, como el concierto en sí, un fantástico ejercicio de libertad, que, como tantas veces sucede, supo a poco. Que regrese pronto.

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