La memoria felizmente recuperada

La memoria felizmente recuperada

El quinteto del trompetista Charles Tolliver protagonizó ayer en Centro Centro una evocadora velada

Poco antes, Lucía Marote ofreció un homenaje a Ella Fitzgerald en clave de danza


Se llegó ayer a una nueva jornada de conciertos en la programación de este festival, tras la inauguración disfrutada en días pasados, con la comparecencia en el Auditorio Nacional del grupo del pianista Herbie Hancock.

El encaje temático en el que se movieron las actividades comenzó ofreciéndolo la bailarina Lucía Marote, haciendo de su silueta un verso emocionado que se dislocaba para que el ritmo y la danza nos condujesen por los múltiples caminos que escribía su cuerpo. Un relato que habla el lenguaje del mañana; o sea, de los que miran siempre hacia el centro de la memoria, hacia el núcleo de la tradición.

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La memoria del jazz en la figura

El espectáculo, escenificado en el patio de entrada de Centro Centro, se sustentó en un menú muy sugerente y bien contextualizado: homenaje a una de las mejores vocalistas de la historia del jazz: Ella Fitzgerald. Y el espectáculo arranca y, ante nuestros ojos, los brazos de Lucía Marote se agitan desde un cuerpo que emerge del corazón mismo de la tierra, mostrando formas modernas y tradicionales a la vez, seguramente porque sabe que no se puede ser avanzada sin alimentarse de la propia identidad, de la sabiduría que ha ido depositándose en el rincón del recuerdo de la cultura a la que se pertenece.

Fitzgerald, una eminencia planetaria en el terreno del jazz vocal, sonaba a través de canciones como «One Note Samba», «Someone to watch over me» o «Blue skies», y Lucía Marote, sobria y decidida,  estilizó los sentimientos sobre ellas. Se notaba mucho que la cadencia de su figura se nutría de un torbellino interior, porque su espectáculo fue un alumbramiento constante que nos obligaba a mirar no solo a los vértices de su cuerpo, sino también hacia el centro fogoso que lo animaba, hacia las sensaciones primeras.

En el final, una convicción; Lucía Marote es una de las grandes bailarinas y coreografas de ahora mismo, y su visión de Ella Fitzgerald a nadie dejó impasible. Los aplausos del público asistente fueron equivalentes al mucho talento desplegado.

Charles Tolliver: revolución en la escena

Un poco más tarde, cinco músicos llegados desde el corazón de la leyenda del postbop estadounidense, hicieron demolición verdadera de los catálogos. Fabricando imágenes sonoras superpuestas y enfrentadas, Charles Tolliver en la trompeta, Jesse Davis en el saxo alto, Keith Brown en el piano; Buster Williams en el contrabajo, y Lenny White a la batería, construyeron frases movedizas, sin equilibrio aparente y, sin embargo, firmes. Y lo mejor de todo: lo hicieron sin abandonar jamás la voluntad lírica, el testigo de la emoción, con los que han querido visitar la programación de este festival.

Esto es algo que a muchos de los profesionales que, ocasionalmente, programan jazz en las breves escenas de los clubes, se les pasa desapercibido, sencillamente porque su especialidad no es otra -y tiene mucho mérito- que la de la hostelería, por mucho que quieran revestir tan noble labor con el marchamo de la gestión cultural.

Leyenda del jazz de ahora mismo

Para saber por qué el concierto de anoche en Centro Centro tuvo un seguimiento equivalente al que el pasado año pudo registrar el Art Ensemble of Chicago en el teatro Fernán Gómez, o lo que es lo mismo: para entender por qué ambos grupos agotaron el taquillaje en breve tiempo, hay que saber también que Charles Tolliver es una leyenda del jazz contemporáneo. Un instrumentista que le encuentra rincones raros y nunca previstos a un instrumento como el suyo.

Jesse Davis: el otro gran protagonista

Como saxofonista, Jesse Davis es otro de los personajes más luminosos y abiertos del jazz moderno, y esto es algo que se hizo también muy evidente anoche. Suyas fueron algunas de las iniciativas más sólidas, disfrutadas durante el concierto, como lo fueron las hazañas de Keith Brown y Buster Williams, dos potentes marcapasos en la sección rítmica, trabajando  agazapados casi siempre pero imparables, precisos y ocurrentes. Y demostrando grandes dosis de disciplina.

Y queda Lenny White, uno de los bateristas de pegada más poderosa de la música libre, y cómplice esencial en la peripecia radical de sus compañeros. Nada de lo que hace es posible acomodarlo a la escuela del terreno de lo previsible, sencillamente porque su verbo es volátil y muy inquieto, practicando como todos sus compañeros un ejercicio de autonomía y de creatividad constantes.

Gran arranque en Centro Centro

Fue lo más parecido a una ceremonia de toques tradicionales con tratamiento avanzado. Un fantástico ejercicio de libertad que, como todo lo que es bueno, supo a poco. No es precisamente un mal comienzo para un festival que busca siempre acordar el lenguaje del jazz con la identidad cultural de esta ciudad. Y menos aún si los resultados siguen demostrando que hay algo más que un boceto urgente debajo de la idea, que no se trata solo de poner en marcha una batería de conciertos de ocasión, sino que es un proyecto real, muy sentido e intensamente apoyado, ya hace tiempo, por el grueso de los músicos y artistas que participan en él. Espléndido arranque el de Centro Centro.

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