Martirio y Chano Domínguez: Un dúo artístico al cuadrado

© Álvaro López del Cerro

El teatro Fernán Gómez albergó el espectáculo «A Bola de Nieve», un montaje basado en las canciones del bardo y compositor cubano Ignacio Villa, conocido universalmente como Bola de Nieve

El concierto clausuró la presente edición de JAZZMADRID, una de las mejores y más originales de su historia reciente.

Ha reaparecido en Madrid esa señora estupenda que, desde hace años, nos muestra en cada proyecto que acomete la calidad de su caricia vocal, el aliento de unos versos que, aunque dichos de forma contenida, por ser intensos nunca renuncian al ímpetu ni al arrebato, armados como están de pasiones terrenas.

La creación de aquel trovador tan singular que fue el cubano Bola de Nieve, vive en el dúo que forma Martirio con el pianista Chano Domínguez unas expectativas de ensueño, desde que ambos publicaron el pasado año el disco «A Bola de Nieve». En sus canciones, la cantante viste de ternura, o desgarro, algunos de los rincones más atribulados de los textos de Bola de Nieve. Y lo mejor de todo es que, con ello, sigue haciendo patente que el éxito de la operación es el resultado del apareamiento entre dos idiomas musicales definidos como una distensión en la cultura popular al que siempre pertenecieron: la canción y el jazz.

Poesía y jazz

Entre juicios sobre rupturas y otros asuntos que relató Martirio en escena, «A Bola de Nieve» factura un puñado de títulos clásicos en los que hay mucha y soberbia poesía y, por supuesto, mucho jazz, que a veces viene a ser la misma cosa. Y no, precisamente, ese modelo lírico formal, que llega desde los libros con su inevitable cohorte de realidades, sino esa manera tierna e interior de relatar, acaso creada con los retales de nuestros recuerdos, como gustaba de hacer siempre en sus repertorios el enorme Bola de Nieve.

En el gesto instrumental del piano de Chano Domínguez, y en la permanente apuesta poética de Martirio, está escrito uno de los episodios más sinceros y espléndidos que el jazz actual escribe en España desde hace algunos años. El mito de este dúo artístico sigue creciendo. Es una gran fantasía alicatada de realidades y lo que hace, por exclusión de lo que no hace, lleva siempre un marchamo de autenticidad ejemplar: <<respetuoso con jondura y muy abierto, como todos los romances grandes>>, que dijo una vez Martirio. Fue una clausura inolvidable.

Un festival muy destacable

Han sido cuatro semanas espléndidas, con noches muy prometedoras para el jazz en Madrid. El acierto en la selección de la programación oficial, criterios y definición han vuelto a incentivar al público para que acudiese a diario al Fernán Gómez y a Centro Centro, lugares donde los conciertos han transcurrido sin espacios muertos ni momentos perdidos.

Nadie ha venido a cumplir y seguir ruta. Se ha tocado con fuerza frente a una afición madura, se ha peleado por aplausos y bises. Los músicos han demostrado que es rigurosamente verificable la existencia de un buen jazz autóctono, y se ha recibido igualmente con pasión, gracias a acuerdos con embajadas y con otros festivales, a una breve, pero interesante, selección de jazzistas foráneos. A muchos de ellos, se les ha despedido en pie, como se hace siempre con los más grandes.

Una ciudad que demanda cultura

Durante casi treinta días, gracias a este encuentro, Madrid ha vuelto a ser una ciudad culturalmente normalizada en lo que al jazz concierne. El público ha vuelto a responder. Y esta buena y generosa afición capitalina, si se la consultase, estaría, seguro, de acuerdo en convenir que hasta una decena larga de conciertos excepcionales justificarían la programación al completo. Iñaki Salvador y Chris Kase, David Peña Dorantes, Mariola Membrives, el team de Carmona, Colina, Serrano y Barrueta o el dúo formado por Pepe Rivero y María Berasarte son solo algunas de ellas. Todas fueron convocatorias de mucha sustancia y comprometidas con el avance del jazz.

El recital vibrante de otro dúo, Antonio Serrano y Constanza Lechner, ha sido otra de las grandes apuestas de la muestra. Y muy agradecible fue la comparecencia del pianista polaco Marcin Masecki; la del trío Lucía Martínez, Baldo Martínez y Juan Sáiz, y la fiesta que organizaron sobre la escena los grupos de Tino Di Geraldo, María Toro, Enriquito, Pablo Martín Caminero, y los bluesistas de Red House.

En este capítulo del blues no es posible dejar de destacar que se han echado en falta algunas ofertas más de este estilo, así que se sigue tomando buena nota de ello para, en próximas ocasiones, aumentar nuevamente, si es posible -y hay artistas disponibles-, la cuota.

La oferta de los más jóvenes

En este apartado, las presentaciones de Myriam Latrece y Roberto Nieva (ambos procedentes del Circuito de Artistas en Ruta de la AIE); los dos grupos en régimen de residencia de Conde Duque, o el concierto en streaming de Sarah Lenka, alcanzaron en diversos momentos muy buenos niveles de expresividad. Y las presencias de jóvenes profesionales como David Sancho, Trinidad Jiménez, Maureen Choi, el grupo The Machetazo, o el Jaby Sánchez Project de la Escuela de Música Creativa, fue muy interesante también por lo novedoso de sus iniciativas.

Sin embargo, sobre todo, hay que destacar que en este ciclo han estado incluidos los conciertos más rotundos de la convocatoria; el del contrabajista Javier Colina y la Lockdown Band; el dúo Martirio y Chano Domínguez; el trío del pianista Daniel García, la big band de Ernesto Aurignac y el Ambient Trío del guitarrista Suso Sáiz. Los cinco -muy diferentes (antagónicos incluso)- han sido perlas artísticas para anotar en nuestras biografías y los dos últimos, especialmente, una sesión privilegiada, que, por la fecundidad de la veta avanzada (Suso, por ejemplo, da una nueva cobertura semántica al término guitarrista), habría que repetir en ediciones próximas.

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