Mediterránea persuasión

Foto: Álvaro López del Cerro
© Madrid Destino. Cultura, Turismo y Negocio

El Ensemble de Ernesto Aurignac cautivó anoche en Fernán Gómez con el proyecto «Plutón»

En la tarde, el grupo de la flautista Trinidad Jiménez debutó en Centro Centro

La flautista Trinidad Jiménez presentó anoche en la Caja de Música de Centro Centro su proyecto «Eléctrica». Lo hizo al frente de un cuarteto básico, con el que Trinidad entiende que su música puede funcionar de manera eficaz. Ella es la compositora principal del temario del grupo y su onda es, a menudo, situada en el terreno del jazz de fusión con otras músicas de identidades múltiples, con especial querencia hacia el flamenco y la mediterranía. Un jazz de formulación ecléctica, serenidad expresiva y con muchas incursiones aflamencadas, de la rumba en adelante, como en el caso de sus notables colegas María Toro y Jorge Pardo.

Ya en el grupo Quartetazzo se pudo calibrar el año pasado en JAZZMADRID su trabajo, que es limpio y cuidado, y que, en directo, no solo no pierde brillantez, sino que gana en energía. Es sabido que las músicas del mundo proporcionan serenidad a sus gentes, y, en música, la serenidad puede carecer de frontera con el aburrimiento. Esto es algo que no sucede en esta banda en la que se saben administrar perfectamente las ideas y los impulsos. La tensión -y la atención- no se pierde en ningún momento, y también se atina en la extensión no demasiado dilatada de los temas.

Jiménez en una ejecutante limpia, con el equilibrio en su centro, y sorprende cuando de su flauta baja sale también la expresión más inmediata, más franca. Su cuarteto funciona en equivalencia y cada uno de sus integrantes dispone de su propio espacio de exhibición. Llamó la atención especialmente la voz invitada de la cantaora Rocío Márquez en dos temas («Nana de las rosas» y «Guajira», no entregando su trabajo a la espectacularidad, y sí a las mejores opciones melódicas, con gusto y acierto. Jazz del que llama a un público amplio y que no consiste en revisitar el pasado.

Ernesto Aurignac
Foto: Álvaro López del Cerro
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El proyecto «Plutón», del altosaxofonista Ernesto Aurignac, triunfó en Fernán Gómez

El futuro quedó anoche en manos de Ernesto Aurignac, «jazzista y poeta sinfónico», tituló alguien una vez. Hoy más que nunca está claro que el jazz está más abrazado a la vida que a la propia música. Y, efectivamente, el aliento vital es lo que mueve en primera instancia a los verdaderos jazzistas; no en vano, músicos que se contestan y cuestionan todo, creadores que reniegan del atajo, artistas que buscan una respuesta veraz a sus preguntas.

El altosaxofonista Ernesto Aurignac vive instalado en este pensamiento reflexivo desde hace muchos años. Anoche presentó en JAZZMADRID los temas de su proyecto más querido, y el más reciente también. Se llama «Plutón» y su estética es claramente contemporánea, atravesada por un desinhibido y regenerador estímulo improvisador y mucha estética procedente de la última frontera de la música sinfónica.

Un noneto muy sólido

Se cuentan en nuestro país con los dedos de las manos esta clase de formulaciones de gran formato, pero para Ernesto era imprescindible resolver estos diecisiete temas siderales con un ensemble compuesto por una decena de músicos. Cada uno de estos intérpretes asiste con sorprendente naturalidad y sinergia, destacando la presencia de Moisés P. Sánchez, el contrabajo de Joan Masana y la batería de Juanma Nieto, para después ampliar el fondo instrumental con el guitarrista Gon Navarro, el flautista Pablo Valero, el clarinetista José Andrés Fernández, el violinista Alejandro Revidiego, el trombonista Dani Anarte y el vibrafonista Néstor Pamblanco.

«Plutón», de brillante resolución en el directo, está llamado a ser una nueva obra cumbre dentro de la literatura mayor de nuestro jazz. Un trabajo bien resuelto en directo y con un marchamo compositivo de calidad, a la hora de transformar en música los silencios. Concluyeron en el turno de propinas con una sorpresa no incluida en el temario del programa. Una nueva composición de Aurignac titulada «Ser de luz», tan agradecible como todas las demás.

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