Un hogar lejos de casa

  • Vientos Javier Colina band

© Álvaro López del Cerro

El contrabajista Javier Colina actuó anoche en Fernán Gómez al frente de la Lockdown Band

El ciclo JAZZMADRID llegó anoche al ecuador de su desarrollo con un ovacionadísimo concierto ofrecido en el teatro Fernán Gómez por el contrabajista Javier Colina. Comparecía el artista en compañía de diversos amigos y colaboradores, cuya música quedó confinada desde el pasado mes de marzo. Intérpretes a los que la dificultad para desarrollar su trabajo habitual mostró su peor cara en la primavera pasada, y cuya continuidad profesional prosigue, a fecha de hoy, siendo un enigma indescifrable.

Diferentes formatos instrumentales

Se ha podido seguir la carrera de Javier Colina en muy diversos proyectos y contextos. No obstante, este es otro de esos conciertos redondos a los que el músico ya nos tiene acostumbrados. Un nutrido grupo entregado a la interpretación conjunta, aunque con alguna ocasional alternancia instrumental aconsejada por los arreglos.

El baterista Daniel García es un espléndido soporte para cualquier iniciativa que se desee acometer. Albert Sanz el aliado sólido del líder, capaz de seguirle en los últimos años en sus expediciones de las mil millas. Y Miron Rafajlovic y Norman Hogue, una suerte de hermanos, respectivamente en la trompeta y el trombón. Y queda Perico Sambeat en el saxo, el músico que sabe conducir su instrumento por territorios de arquitecturas muy complejas, pero también hombre de alta sentimentalidad en los tiempos lentos. El nombre de Perico figura ya en la historia de nuestro jazz, y anoche tuvo varios de esos momentos que se prenden a la memoria de cualquier buen aficionado.

Madurar rejuveneciendo

André Hodeir, el músico y teórico del jazz, solía decir que los intérpretes que se dedican a hacer libre exposición de sus ideas musicales envejecen mal. Con la Lockdown, resulta que lo que sucede es que, como en el relato aquel de Scott Fitzgerald, parece que diesen pasos de gigante hacia otro estadio de su madurez, pero siempre rejuveneciendo. Como otros muchos jazzmen que siguen creciendo, Javier Colina conserva, perfeccionadas las virtudes que le hicieron inmediatamente reconocible en el jazz de finales y principios del milenio.

Potencia y sonido, pero también las ideas, la construcción y la entrega. Afrocubanía a boca de costal en su concierto, pero muy discreta, apenas como si se tratase de un revestimiento geográfico. Un hogar lejos de casa. Y, con todo ello, la aventura a partir de un Monk acaribeñado en «Teo», y otro Monk más convencional en «Think of one». Y, después, un Colina y un Perico Sambeat sublimes recordando al entrañable Bernardo Sasseti en «Algumas coisas nâo mudam».

Los años han transcurrido desde que a este músico algunos le descubrimos sus primeros balbuceos, muy pocos, en las tarimas de los clubes, y también sus primeros -y muchos- aciertos. Desde entonces, Javier es de los que sabe cómo arrancarle a la audiencia ensordecedores aplausos en cada una de sus intervenciones. Y llegaron, paulatinamente, «Juramento», de Miguel Matamoros; «La Chiva», de Antonio Arnedo, y, de nuevo, ese refugio a la intemperie que es el Thelonious Monk de «Brilliant corners». Concluyeron con «African market place», de Abdullah Ibrahim, una excelente opción para dejar un magnífico sonido de oídos. Un concierto de los que se dicen definitivos.

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